miércoles, 12 de julio de 2017

Historia de un mochilero

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Hace algún tiempo, me enteré del viaje de alguien cercano y querido a lugares lejanos. A raíz de eso, se me ocurrió esta historia.

MI NIETO, EL MOCHILERO

La noticia me llegó por WhatsApp, una breve línea que me sobresaltó:
- Me voy a Tailandia.

Después de la sorpresa inicial, le contesté con preguntas:
- ¿Cómo, cuándo? ¿Vuelves? –tal vez la última era la más importante. Debo ser la única que pone la interrogación de inicio al usar el teléfono.
- Backpacking por el sudeste asiático. Del 10 de julio al 10 de agosto.

Tailandia… Sudeste Asiático. Relaciono esos nombres con lugares exóticos. Me pregunté si podría señalarlos en un mapa. Mi nieto tiene ya 22 años, está en sus ciclos finales en la universidad, ha cursado sus estudios siempre con buenas notas y siempre entre los mejores puestos de su facultad. Sus méritos son propios y son reales, el orgullo de abuela se hincha solito cuando hablo de él.

Su partida estaba programada para un domingo en la noche. Ese día, hubo un almuerzo familiar para despedirlo, desearle buen viaje y llenarlo de muchas recomendaciones, que él aceptó con paciencia heroica. Es muy paciente, sonríe mucho. Estalla a veces, pero no en esta ocasión.

A la hora de su partida, calculaba todo con el reloj en una mano y la tableta con los horarios del aeropuerto en la otra. A esas alturas, solamente podía desear que todo le saliera bien, que regresara contento, lleno de cosas por contar y, ojalá, enriquecido por la experiencia vivida en lugares tan lejanos.

Su itinerario incluía varias ciudades de Tailandia, Vietnam, Camboya. Desde mi cómodo lugar en casa, estas palabras evocaban películas, noticias buenas y de las otras; en algunos casos, nombres que han marcado a toda una generación, y no siempre para bien.

Esperaba que en el caso particular de mi nieto, todo fuera para bien.

A lo largo de todo el mes que duró su viaje, me mantuve al tanto de su estado y su recorrido a través de su mamá, que gentilmente me reenviaba los mensajes que le mandaba por WhatsApp. Así siempre supe cómo le estaba yendo, de manera indirecta.

Hasta que me animé a escribirle yo:

- ¿Todo bien, hijito?

No me inquietó que su respuesta demorara horas en llegar. Es más, llegó durante la noche. Mi noche, en lo que para él era pleno día.
- Si abu todo bien.

Alguna vez pensé que nunca llegaría a acostumbrarme al estilo de “redacción telefónica”, pero cuando recordé cómo se redactaban los telegramas supe que no hay nada nuevo bajo el sol.

Días más tarde, esta vez de manera espontánea, me hizo llegar la foto de una playa en la que estaba. Un paradisíaco mar azul. Yo me congelaba en Lima, más durante la noche, que fue cuando recibí la imagen. Dejé de tiritar un momento para dar gracias de que estuviera disfrutando.

Estaba contento y eso era lo más importante.

El resto de los días que le quedaban de viaje siempre supe por dónde andaba. No llegué al extremo de marcar con banderitas un mapa de la zona, aunque tal vez lo hubiera hecho de haber tenido el mapa. Me hubiera sentido como en esas antiguas películas de guerra donde los jefes marcan con diferentes colores los avances de su propio ejército y del contrario.

Lo que sí marcaba eran los días que faltaban para su regreso. Tenía un calendario donde ponía marquitas rojas a cada día transcurrido. Cada día, una nueva marca. Hasta que esas semanas parecieron llenas de feriados por las marcas rojas que llenaban los espacios. El 10 de agosto, día del regreso, tenía un gran círculo azul.

Por fin el círculo azul estaba a un día de distancia. Y sin darme apenas cuenta, llegamos al círculo azul. Era el día en que mi nieto mayor llegaba de su periplo al otro lado del mundo.

¡Qué lento se me pasó ese mes!

¿Se sentirán también así las abuelas de los muchachos tailandeses que vienen al Perú a mochilear?

El avión tenía previsto llegar a las 6:00 de la tarde, pero llegó unos minutos antes. No me lo dijo la página web del aeropuerto, sino mi WhatsApp:
- Llegué!!!

El suspiro de alivio que emití fue muy sonoro. Escuetamente respondí con dos caritas felices.

Con la certeza del final satisfactorio de una gran aventura, agradecí vivir en una época en la que pude acompañar virtualmente a mi nieto en su largo viaje, saber cómo le iba casi cada día, ver las fotos de los lugares que estaba visitando y lo bien que lo estaba pasando.

Esa sensación se confirmó dos días después, cuando compartimos otro almuerzo familiar donde ya no hubo recomendaciones ni consejos, sino anécdotas y relatos de acontecimientos vividos en ese mes que, en buena cuenta, se pasó rápido:
- Mira, abu, acá hay más fotos de esa playa.
- ¿Qué playa?
- ¿No te acuerdas? Pero si te mandé la foto por WhatsApp.

sábado, 1 de julio de 2017

Habla la quinta rueda del coche

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Un diario peruano tiene una sección de recetas y uno pensaría que cada día publican una receta diferente. Pero no, ahí vemos repetirse interminablemente roastbeef con cebollas caramelizadas, piadina, pizzitas de masa gruesa, chaufa blanco y dos o tres más que aparecen sin orden ni concierto en un espacio que al diario le haría ganar más si lo llenara con publicidad pagada.

La contracarátula del mismo diario está dedicada a noticias de farándula. Lo cierto es que solamente es legible el título de las noticias, porque el resto viene redactado en letras blancas mínimas dispuestas sobre un fondo fucsia que las vuelve invisibles. En realidad, es trabajo de redactores tirado al agua.

Un canal de televisión que lleva el descubrimiento en su nombre cuenta con un espacio llamado "Momentos" en su tanda de comerciales. Bien podrían ahorrarse esa S final porque en gran parte del tiempo que veo ese canal, siempre es el mismo momento: dos hombres con notorio acento del país del vallenato están perdidos en la selva (ya sé que no tiene ningún sentido, pero ahí están en medio de la selva), y están viendo cómo cruzar en río sin gasto calórico y cómo encontrar alimento. Entonces divisan un caimán blanco y el resto se lo pueden imaginar. Al menos yo lo imagino como siete veces por hora, eso sin contar que a veces los veo dos veces en un mismo corte comercial. Además, algunas tandas comerciales duran más de de ocho minutos. Sí, he contado el tiempo.

Una empresa que presta servicio de cable retira sin explicación un canal de series y películas. Simplemente, un día vemos la pantalla negra en vez de la programación habitual y un aviso que dice "Estamos trabajando para brindarle mejoras". Un año después, no hay ni media mejora, al contrario, solamente tienen peoras.

Un banco decide dejar de operar en once países, entre ellos el mío. Sus explicaciones no me satisfacen así que decido cancelar la tarjeta de crédito de ese banco que jamás usé pero que tenía "porque nunca se sabe". Cuando me preguntan la razón de la cancelación respondo: "si su banco ha decidido dejar de confiar en mi país, yo decido dejar de confiar en su banco". Intentan convencerme, hasta me dicen que me devuelven los gastos que haga con esa tarjeta de crédito de ese mes (!!!), no saben qué ofrecerme con tal de que no cancele mi tarjeta. Cuando les pido el libro de reclamaciones, a regañadientes me entregan los papeles para proceder con la cancelación.

Un canal británico de entretenimiento decide suspender sus transmisiones para Latinoamérica. Así, de un plumazo, me quedé sin ver cómo vive el detective victoriano más famoso en pleno siglo XXI, a los dragones casi comerse a emprendedores que defienden sus productos con uñas y dientes, las más divertidas entrevistas donde los famosos revelan entre risas secretos que nadie se hubiera imaginado.

Así es, nos tratan como la quinta rueda del coche.