viernes, 13 de abril de 2018

Misterio crochetero

Imagen
Una lectora habitual me hizo llegar esta historia de un misterio más de tantos que todos vemos a cada rato en nuestras casas.
-------------------
Hace un tiempo, tejí dos redondelitas en crochet, una azul y otra blanca, de unos 10 cm.de diámetro, y las tenía en una mesita cerca de la ventana que da al patio interior de la casa. Una mañana, en el momento de limpiar la mesita, los dos tejidos se me cayeron al patio. En ese momento no los recogí y me olvidé del asunto.

Más tarde, salí al patiecito pero solo encontré la redondelita blanca, no la de color azul. No le di importancia. ""stará debajo del televisor colocado debajo de la ventana", pensé.

Así pasaron varios días, hasta que tuve que mover el televisor para barrer y limpiar, y ante mi sorpresa no encontré ahí el tapetito azul. Miré, jalé, busqué, salí al patio, miré por todos lados... y nada.

La redondelita azul se ha hecho humo, desapareció. Se cayeron las dos ante mis ojos y solamente encontré una. No es cosa de broma, yo sigo buscando.

Estoy pensando que este es un caso similar al de las medias que desaparecen misteriosamente y luego aparecen en un cajón olvidado. Es muy probable que uno de estos días encuentre el tapetito azul en el lugar menos pensado de la casa.

¿Será?

martes, 3 de abril de 2018

Confianza relojera

Imagen
Me encantan los relojes. Tenemos una larga historia en común. Quienes me conocen, lo saben bien. Deben ser relojes de manecillas, pues los digitales no tienen el mismo sabor. No es lo mismo ver una esfera con los números bien dispuestos, o un punto que los representa, que leer en una superficie plana números luminosos que hasta ahora no entiendo cómo se sostienen.

Es fácil imaginar que tengo más de un reloj. Es una colección variada, donde el único requisito son las tres B: bueno, bonito y barato. Por eso, nunca caen mal las ofertas que suelen aparecer de vez en cuando con los diarios, gracias a las cuales puedes acceder a reloj por un pago bastante razonable. Desde días antes, los diarios promocionan los modelos y las fechas en que van a salir como para que los lectores se programen.

El quiosco a una cuadra de mi casa es un punto de reunión importante. Tato, el dueño del negocio, es todo un personaje. Sin moverse de su puesto conoce la vida de todos los vecinos a tres cuadras a la redonda. Para asegurarme el reloj previamente elegido, le pago por anticipado a Tato para que me lo separe.

El sistema nunca había fallado hasta hace pocos días. Por alguna razón, alguien le compró dos relojes, uno más del originalmente previsto. Chau, reloj. Tato me ofreció pedir otro y reemplazar el faltante, pero no me pudo decir cuándo lo tendría. Yo decidí esperar.

A los pocos días de eso, caminaba por la avenida Larco un martes muy temprano cuando, en un puesto de periódicos al lado del cual me paré para esperar el cambio de luz del semáforo, vi el reloj esperado. Esperando. Esperándome.

Le pedí al dueño del puesto verlo más de cerca, me lo entregó a la vez que me dijo el precio, que yo ya conocía. Mi respuesta fue "me lo llevo", y al abrir mi billetera, vi que tenía un billete muy grande y uno muy chico que no cubría el total. El hombre no tenía vuelto del billete grande, pero al ver el billete chico me dijo: "deme este billete y después me completa lo que falta".

No podía creer lo que acababa de oír: ¿un vendedor le decía a una transeúnte desconocida que le pagara después?
- Yo confío. Además, yo la veo pasar por acá con mucha frecuencia.
- Ay, señor, no... A mí no me gusta deber.
- Y a mí no me gusta que me deban. Pero confío en usted.

Esa señal de confianza me subió los ánimos, y me movió a rebuscar en todos mis bolsillos. Saqué todas mis monedas, las apilé una por una y con la última que tenía, completé el precio. Le entregué todo al señor, nos reímos, nos dimos mutuas gracias y seguí mi camino.

Ahora, cuando paso cerca de su puesto, nos saludamos. Y si estoy en la acera del frente, levanta la mano y me saluda a la distancia.

domingo, 25 de marzo de 2018

De corvas y un libro fucsia

Imagen
Esta historia involucra un libro fucsia, un andén, una coincidencia y un recuerdo.

Estaba en primero de secundaria. El libro de Literatura que usamos ese año era de una editorial argentina. La carátula era de color fucsia.

Ese día, la miss Silvia leía la historia de un hombre que caminaba triste por un andén. La narración era de esas que dejan todo a la imaginación del lector, para que saque sus propias conclusiones a partir del relato. De las palabras del hombre, narrador en primera persona, se entendía que dejaba atrás recuerdos de un pasado reciente triste del que no quería saber nada. Se iba. Se iba lejos. Se iba lejos y sin pasaje de vuelta.

Paseaba el hombre ansioso en el andén, a la espera del tren que lo llevaría lejos de la situación de la que se quería alejar. Miraba el reloj casi a cada minuto. En su paseo por el andén, en su andar distraído y ansioso, la maleta le golpeaba las corvas.

"Las corvas son la parte de atrás de las rodillas", interrumpió miss Silvia su lectura para darnos una definición casi al vuelo, como quien no quiere la cosa. Sin más ceremonias, siguió leyendo.

Desde ese día, nunca olvidé que las corvas son la parte de atrás de la rodilla.

Años, muchos años después, en una de tantas conversaciones triviales con mi hermano, la palabra "corva" salió a relucir. Yo le dije, casi sin pensar, como un acto reflejo:
- Las corvas son la parte de atrás de las rodillas.
- Ajá. ¿Sabes dónde aprendí eso?

Y los dos dijimos a la vez: "en el libro fucsia de Literatura de primero de secundaria".

Cómo nos reímos ante esa coincidencia.

domingo, 11 de marzo de 2018

Incidente universitario

Imagen
Era día de entrega de exámenes parciales. El profesor lo había anunciado un rato antes, al final de la clase de ese día. Así que los alumnos se arremolinaron adelante, rodeando al profesor, que de no ser por su estatura, hubiera terminado tragado por esa jauría de universitarios ávidos de saber sus notas.

El gentío había ido disminuyendo a medida que la entrega de exámenes avanzaba.

Cuando quedaban poco más de diez personas, una alumna que estaba a centímetros del profesor le susurró a otra que estaba a su lado:
- Mírale los labios -en obvia alusión al catedrático que tenían delante. Este profesor sobresalía por su estatura, sus ojos azules, pero sobre todo por el color rojizo de su cabellera, por lo que su apodo era Erik el Rojo.

La segunda miró, pero no vio nada especial, así que volteó hacia la primera y le dijo, en voz igualmente baja:
- ¿Y qué?
- Que le mires los labios.
- Ya, ¿y qué?
- ¡Mírale los labios!

A esas alturas, las voces no susurraban.
- ¡Y que tienen!
- ¡Que tienen pecas!

No bien terminó la primera de gritar su respuesta cuando las dos se dieron cuenta de que el volumen de sus voces había alcanzado a todos los presentes, incluido el dueño de los labios pecosos. Como un reflejo, las dos levantaron la vista al profesor, que las miraba entre divertido y azorado. Evidentemente, sabía que hablaban de él.

Para rematar la escena, todo ocurrió en el preciso instante en que el profesor extendía la hoja de examen a la segunda alumna, que con las justas atinó a tomar el papel y salir sin mirar atrás. Ya afuera, arrancó a reír, y más cuando vio que tenía un honroso 19(*).

Seguía riendo cuando vio salir a su interlocutora, seguida del profesor, que las miró a ambas, les guiñó un ojo y bajó las escaleras.

(*)En el sistema educativo peruano, la máxima calificación es 20.